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Si con hechos como este
Fecha de edición: 11 mar 2008 08:15:37
Comentarios
No pensamos lo mismo
Entendemos las cosas con más profundidad analítica que el discurso oficial.
No tenemos pelos en la lengua al afirmar que aborrecemos la tortura, aunque el torturado sea un asesino etarra, un berraco violento y sin cerebro neo-nazi, o un asesino en serie.
Comprendemos que en Euskal Herría existe un conflicto político desde hace ya muchos años y que para solucionar los conflictos políticos hace falta hacer política, dialogar, negociar y -muy importante- no excluir a nadie del ámbito de la política y de la palabra.
Entendemos a su vez que nadie puede ser condenado por sus ideas, sean éstas las que sean. Una persona sólo puede ser castigada (sí, castigada o sancionada, o apartada por un tiempo fuera de la sociedad) por sus actos. O mejor dicho, por sus delitos; por sus crímenes.
Entendemos que la ley no siempre es justa y que existe otra palabra, la "legitimidad", que no siempre va acompañada de la "legalidad". Y que por lo tanto, en algunas ocasiones, es "legítimo" incumplir la ley, siempre en orden a perseguir alguna legitimidad, algo más justo que la a aveces (por desgracia a menudo) injusta ley.
Pero, además de todo esto, entendemos que la vida humana es sagrada. Que es un fin en sí mismo. Que es lo más importante. Que si matamos a alguien, o miramos a otro lado cuando se mata a alguien, estamos matándonos a nosotros mismos, estamos acabando con lo más importante que todavía -a pesar de los tiempos que corren- puede quedar en nosotros: la humanidad. Eso que hace que nos pongamos en el lugar del otro y no queramos verle sufrir (porque nos vemos irremediablemente reflejados en su sufrimiento), ni pasar hambre, ni servidumbres, ni exclavitudes.
Por esto, pensamos que la violencia sólo es justificable en legítima defensa. Y sabemos lo que queremos decir con legítima defensa. Un señor que ha sido concejal de un partido político, del PSOE, por las circunstancias que sean, que ha sido un obrero (sí, un asalariado, un currante, como la mayoría de la humanidad) no puede representar una amenaza para nadie (y menos para ningún pueblo: Euskal Herría; ya que los pueblos son muy fuertes y resistentes); no puede representar, digo, una amenaza tan grande como para requerir una violencia tan grande y desproporcionada como -así ha sido- el asesinato.
Y eso lo sabemos todos muy bien. Por lo tanto, a pesar de los atropellos contra las libertades públicas e individuales a los que hemos asistido recientemente en Euskadi, eso no puede jamás ser un impedimento para "condenar" o (usemos otras palabras) aborrecer y rechazar firmemente los crímenes desgraciados y cobardes contra las personas que comete ETA en su irracionalidad canalla y asesina.
Jamás estos atropellos del Estado podrán servir de "justificación" al canalla, mierdero y cobarde (por la espalda, contra alguien desarmado) atentado contra la vida de este ciudadano. Las demás opiniones respecto a este asunto concreto que sean diferentes a la expuesta sólo pueden salir de la boca de un/a hijo de puta, cobarde, cínico, hipócrita o simplemente enfermo mental desquiciado.
Nada más.
Pero, además de todo esto, ente
¿Puedeo hacerte una pregunta?
.
DEBATE SOBRE ETA
Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria
Rebelión
Hace unas horas ha muerto asesinado Isaías Carrasco, un exconcejal del PSOE, en el portal de su casa en Mondragón (Guipúzcoa). A la espera de una reivindicación, todo parece indicar que ETA se ha comportado como todos, por distintos motivos, preveíamos y ha acudido a votar, pistola en mano, dos días antes de las elecciones del próximo domingo. Llama a la abstención, pero no ha podido abstenerse; llama a la abstención, pero ha querido participar disparando a un trabajador de 43 años que no ocupaba ningún cargo público, que no tenía escolta y que estaba en compañía de su hija. Se ha sumado de la peor manera a los que pasado mañana votarán para que sigan acumulándose los muertos, los torturados, los encarcelados, los atropellos al Derecho, los golpes a la democracia. ¿A favor de quién ha votado ETA? No lo sabemos y no queremos saberlo, pues cualquier cálculo en estos momentos sólo beneficia a los que, de un lado y de otro, se han puesto ya a hacer sus cálculos. Hay votos en blanco y hay votos en negro. Hay votos nulos y votos que anulan. Sabemos, en cualquier caso, contra quién ha votado. Ha votado contra un hombre que no iba a votar al PP. Ha votado contra los que, contra el PP, defendían a duras penas la negociación. Ha votado también contra algunos de los que defendemos el derecho a la autodeterminación. Ha votado contra las víctimas de la doctrina Garzón y contra muchos de los que nos opusimos al sumario 18/98. Y ha votado, antes de todo eso, contra el mínimo de decencia que se debe imponer a sí mismo un grupo que sigue pretendiendo ser, contra todas las evidencias, revolucionario y emancipador.
No sabemos hacia dónde se dejarán llevar el día 9 los ciudadanos vascos y españoles, pero no vamos a dejar que nuestro voto nos lo imponga ETA. Decidimos abstenernos antes de que ETA pidiera la abstención y no vamos a dejar de hacerlo ahora que ETA ha decidido votar a su manera. El domingo nos abstendremos dos veces: una contra los que querrán aprovechar este asesinato para seguir yugulando el derecho y la democracia y otra contra ETA, que es la que ha asesinado.
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Elecciones y democracia
En defensa del voto
Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria
Gara
No estoy de acuerdo en que la democracia sea un cuento, el derecho una fábula y las elecciones una trampa. Miles de trabajadores –quizás millones- han muerto durante siglos para conquistar este triple acceso al espacio público y no deberíamos bromear al respecto. Los progresos lo son no porque produzcan más riqueza o más electrodomésticos o más seguridad sino porque producen más satisfacción moral y más autoconciencia general. Es mucho más satisfactoria la idea de tribunal que la de venganza porque los humanos podemos resignarnos al mal pero no a que se nos considere públicamente malvados. Es mucho más bella una chapuza colectiva que una hazaña privada porque los humanos podemos resignarnos a no dominar el mundo pero no a que se nos excluya de él. Por lo demás, ninguna felicidad puede ser comparable a la de que la justicia, la decencia, la razón, se impongan mediante persuasión y por mayoría y no a través de las armas. Fuera de la satisfacción de un juicio justo, de la belleza de una decisión compartida y de la felicidad de una decencia aclamada, todo lo que hay son diferentes grados de frustración, más o menos justificados, más o menos amplios, que buscarán una vía menos satisfactoria, menos hermosa y menos festiva (es decir, menos moral) para expresarse. Lo que es sin duda una fábula y una trampa son los tribunales sin Derecho y las elecciones sin democracia. Lo que obligan a reclamar las fábulas y las trampas son precisamente derecho y democracia.
Yo quiero votar, siempre he querido votar, me parece fundamental votar. Por eso me voy a abstener. Bajo el capitalismo, bajo el canibalismo, las izquierdas del Estado español siempre hemos aceptado con resignación que, llegadas las elecciones, la justicia, la decencia y la razón serán derrotadas o estarán, en cualquier caso, infrarrepresentadas; y cada vez que votamos, cuando votamos, asumimos la frustración de que nuestro voto sea sólo aproximativo o negativo o rebajado o malversado. Pero es tan bonito votar, hemos luchado tanto por eso, contiene ya un progreso formal tan grande que, a la espera de que haya condiciones sociales para la justicia, la decencia y la razón, nos avenimos a proteger al menos las formas, aunque nuestra intervención real sea homeopática. Puedo aceptar la frustración de que no haya ningún partido que represente mis posiciones; puedo aceptar la frustración mayor de votar a un partido que sólo las representa por aproximación o analogía y que no podrá ganar; puedo aceptar la frustración aún mayor de votar a un partido que se limitará a impedir la victoria de otro peor, pero lo que no puedo ya aceptar es la frustración radical de votar contra las formas mismas. Puedo aceptar, en fin, la frustración inmensa de que el canibalismo sea incompatible con la justicia, la decencia y la razón, pero no puedo aceptar la frustración definitiva de votar contra las condiciones formales que garantizan unas elecciones libres. Algunos periodistas dicen que en Palestina y en Venezuela han votado contra la democracia; en España –mucho peor- votamos porque ya nos hemos librado de ella.
Si pudiera votar a Batasuna (o a ANV o a PCTV), no les votaría. Pero porque no puedo votar a Batasuna, me voy a abstener. De hecho, creo que votaría a cualquier partido que, de izquierdas o de derechas, recogiese en su programa y hubiese exigido en su campaña electoral la derogación de la Ley de Partidos y la devolución de sus derechos políticos a la izquierda abertzale. Es decir, cualquier partido verdaderamente democrático. Ya que no puedo votar al partido que me gusta, me gustaría votar al menos a la democracia; me gustaría decir sí al derecho; me gustaría apoyar las libertades más abstractas y formales. Y resulta que la democracia misma y el derecho y las libertades formales no están representados en ningún partido. Todos los partidos –decenas de partidos- se presentan a las elecciones después de haber renunciado a la defensa de la democracia, el derecho y las libertades formales; todos los partidos –decenas de partidos- se presentan a las elecciones porque han renunciado a la defensa de la democracia, el derecho y las libertades formales. En estas condiciones, votar puede resultar divertido o supersticioso o pragmático o tranquilizador o provechoso o incluso virtuoso, pero no democrático. Puede ser hasta gracioso, pero ya ni siquiera hermoso. Los comunistas estamos históricamente acostumbrados a que la violencia -golpes de Estado o guerras de agresión- desbarate nuestras mayorías; ahora se nos pide además que nos acostumbremos a votar contra la democracia misma. Si no puedo votar ni a favor del comunismo ni a favor de la democracia, ¿a quién voy a votar? Si no puedo defender ni el comunismo ni la democracia con mi voto, ¿no será su inutilización consciente, premeditada, la única opción verdaderamente política? Es poco, pero es al menos no cerrar los ojos ante lo que está pasando. Esta es la deprimente paradoja: me abstengo no a favor del comunismo sino del voto mismo; no en contra de los partidos sino a favor de ellos; no por indiferencia de la política sino contra la indiferencia política de una derecha capaz de todo y de una izquierda que sigue sin creerse que la ley de Partidos, el sumario 18/98 y las detenciones indiscriminadas nos afectan a todos.
Me preocupa, sí, que ETA haya pedido también la abstención. Pero que me preocupe ilumina de un modo aún más sombrío la situación. Esta analogía ya casi incriminatoria incrimina en realidad a todos los que, por activa y por pasiva, desde el gobierno y desde la oposición, me obligan a abstenerme junto a ETA cuando, en condiciones de libertad, votaría contra ella. Me abstengo también contra ella, a sabiendas de que son los que prohíben votar a 200.000 vascos –voto en mano- los que están justificando su existencia.
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Pamphlet
Mikel Arizaleta
Rebelión
Leí en Rebelión los dos artículos de Santiago Alba Rico y Carlos Fernández Liria: En defensa del voto y eta también vota. La verdad es que leo con fruición los artículos de ambos. He releído el libro de Educación para la Ciudadanía de Carlos/Pedro Fernández Liria y Luis Alegre Zahonero. Pero he de confesar que eta también vota me pareció una justificación bastante imbécil ante no sé quién. “(eta) Ha votado contra un hombre que no iba a votar al PP. Ha votado contra los que, contra el PP, defendían a duras penas la negociación. Ha votado también contra algunos de los que defendemos el derecho a la autodeterminación. Ha votado contra las víctimas de la doctrina Garzón y contra muchos de los que nos opusimos al sumario 18/98. Y ha votado, antes de todo eso, contra el mínimo de decencia que se debe imponer a sí mismo un grupo que sigue pretendiendo ser, contra todas las evidencias, revolucionario y emancipador”. Perdonad, pero tiene cierto regusto panfletario. He paseado por la playa de Lekeitio con Bertrand Russel en mis manos y he recordado lo anotado por Peter Weiss en Convalecencia sobre aquel 25 de octubre de 1970, libro publicado por Hiru de Eva Forest. Que muy bien pudieran servir, a mi juicio, de comentario a los artículos de Santiago y Carlos. Peter Weiss rememora las sesiones del Tribunal Internacional en 1967, el Tribunal Russell, contra USA y su guerra en Vietnam, se acusa a Washington de etnocidio planificado y ejecutado, de emplear el genocidio como medio en su lucha contra el socialismo. De Gaulle, al igual que otros muchos, prohibió por entonces que tal Tribunal se reuniera en Francia. Hoy nadie niega que la sentencia del tribunal Russell, si pecó de algo, es de quedarse corta en la calificación de la maldad de los poderes de USA y en la cobardía de los países del mundo ante el poder hegemónico. Fue un etnocidio en toda regla, una de las grandes bestialidades cometidas por humanos.
Y en el fragor de la batalla y en el dolor de muerte y tortura de estos días en Euskal Herria me ha llegado el veredicto de otro tribunal, el Internacional de los Ciudadanos, celebrado en la ciudad de Bruselas –también con dificultades parecidas a las que tuvo el tribunal Russell en 1967- entre los días 22 al 24 de febrero, por el que se condena a Israel por la guerra contra el Líbano llevada a cabo entre el 12 de julio y el 24 de agosto de 2006, se condena a Israel como culpables de crimen de guerra, de crímenes contra la humanidad y crimen de genocidio. Está fuera de toda duda que el gobierno de Israel lleva muchos años siendo un gobierno criminal, asesino y genocida; su postura ante los palestinos de Gaza en nada envidia a la de los nazis en el geto de Varsovia, cuando el 16 de noviembre de 1940 cerraron los 22 accesos, sólo que ésta es más inhumana aún por celebrarse después de aquella. De nuevo la voz del judío vienés, perseguido en aquella, Erich Fried:
Habéis sobrevivido
a quienes os torturaban.
¿No pervive hoy
su tortura en vosotros?
Pero en nuestro mundo el problema no es sólo Israel y su gobierno, son, como dice Danilo Zolo en su libro La justicia de los vencedores. De Nuremberg a Bagdad, nuestros gobiernos. Resulta difícil encontrar en nuestros días un gobierno, europeo o con poder mundial, que no sea criminal y asesino. Las historias de nuestros gobiernos son historias para no vivir, son relatos de depredadores y malas bestias, ejemplos a esconder, urdimbres de cloaca. La política al servicio de los bajos instintos, los parlamentos al servicio del crimen, del poderoso, multiplicando en proporción geométrica la pobreza, la desigualdad, la irracionalidad en el mundo, vendiendo medievalismo, tortura, mentira, panfleto y sumisión. Las guerras perdidas son consideradas crímenes internacionales mientras que las guerras ganadas, aunque se trate de guerras de agresión que comportan una clara violación de derecho internacional, no están sometidas a reglas y los vencedores no sufren ninguna sanción política o jurídica. “En nuestro tiempos los tribunales sin fundamentos legales, instituidos por el vencedor para juzgar, condenar y ahorcar a hombres, políticos y generales de los pueblos vencidos -bajo el nombre de criminales de guerra- son un signo inquietante de turbación espiritual” (Benedetto Croce). Existe una “justicia de los vencedores”, que se aplica a los derrotados y oprimidos, con la connivencia de las instituciones internacionales, el silencio de gran parte de los juristas académicos y la complicidad de los medios de comunicación. Hoy la justicia se llama sumisión y es oprobio para el pobre. Ejemplo claro de lo que hoy día es un gobierno español es el Sahara, la República Árabe Saharaui Democrática, un pueblo abandonado y vendido a Maruecos en 1976 por un plato de intereses, un pueblo en el 2008 abandonado, y errante en un desierto de muerte, por un gobierno de los denominados “demócratas” del mundo, de esos que dan lecciones a otros.
Estos días, que en parte de la península ibérica se han celebrado elecciones, han recorrido nuestros pueblos y ciudades asesinos del mundo, gente que con corbatas y sonrisas contribuyen con su silencio, cooperación y cobardía a que Israel siga asesinando en el Líbano y Palestina, a que lo presentado en Afganistán como una “misión de paz” a favor del pueblo afgano se haya transformado en una auténtica guerra de agresión con el apoyo de las tropas angloamericanas. Hoy la OTAN provoca la muerte cotidiana de civiles inocentes bombardeando las regiones del sur de Afganistán, en particular las de Kandahar y Helmand, con la ilusión de vencer con el terror la resistencia del pueblo pastún. “La única función que las instituciones internacionales parecen capaces de cumplir hoy en día es de carácter adaptativo y legitimante (de los poderes existentes). Quizá sea por esto por lo que aún se les mantiene, ... para desempeñar una función legitimadora, acomodaticia y apologética del status quo impuesto por las grandes potencias”.
¿Y qué decir de Euskal Herria, de la gran Nafarroa, del dolor de nuestro pueblo, de los haces de tonterías y panfletadas, que oímos de las fuerzas gubernamentales a diario o tras cada asesinato, tortura o atentado ciudadano llevado a cabo contra gente de nuestro pueblo? ¿Qué decir cuando se tilda a eta de banda, de asesinar cobardemente por la espalda, de tiro en la nuca...? ¿Realmente se está hablando de eta o de nuestro gobierno? ¿Realmente se está hablando de eta o de la ertzaintza, guardiacivil o policía nacional? Porque ¿quién anda por nuestras calles embozado y a tiros? ¿Quién dispara más veces a bocajarro entre nosotros de frente, por la espalda y lateralmente en manifas, reivindicaciones, concentraciones o críticas a poderosos? ¿Quién te pide identificación desde dos ojos escondidos y armados de mala manera? ¿Quién pone en los periódicos dianas, carteles, fotos y se busca? ¿Quién ha puesto tan sólo hace unos días en la diana del chivateo, de la muerte y la tortura a Oroitz Aldekoa y Agurne Salterain? ¿O es que si hace mi amigo es bueno pero si lo hace mi enemigo es malo? ¿Y con qué razón la hacen? Las más de las veces desde la impunidad y la desvergüenza ¿Quién ha escuchado sus retractos, quién su perdón? A menudo hablan de democracia quienes son terroristas. Su palabra se ha vuelto panfleto, sus obras son, con frecuencia, iniquidad.
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Respuesta a algunas críticas
ETA también mata
Santiago Alba Rico
Rebelión
Para devolverle de entrada el cumplido, diré que he leído a menudo –con instrucción y placer- los artículos que Mikel Arizaleta suele publicar en Rebelión, particularmente la serie dedicada a la historia de la Iglesia. Fino humor, ágil erudición y pluma fresca, sus textos se mueven con soltura por el pasado para iluminar los descosidos del presente. Como además confiesa leerme con “fruición”, no puedo dejar de tomarme seriamente su “Pamphlet” (www.rebelion.org/noticia.php?id=64395), escrito en respuesta al comunicado de emergencia que firmamos Carlos Fernández Liria y yo dos horas después del asesinato de Isaías Carrasco en Mondragón (“ETA también vota” www.rebelion.org/noticia.php?id=64291).
A Arizaleta, que cita algunas frases nuestras, el articulito le parece “una justificación bastante imbécil” investida de “un cierto regusto panfletario”. No me siento herido por la agresividad de los calificativos; puede que tenga razón y todos merecemos de vez en cuando una reprimenda. Lo que me preocupa es que semejante enmienda a la totalidad no merezca una explicación, no vaya acompañada de una argumentación, no condescienda luego a la magnanimidad de una lección. Arizaleta nos llama “imbéciles” y “panfletarios” y luego, cuando uno espera que razone sus mazazos, se pone tranquilamente a escribir otro artículo con el que, por lo demás, estoy completamente de acuerdo.
¿Qué nos dice en este segundo artículo? Comienza por contarnos, punto y seguido y en la misma página, que paseaba por la playa de Lekeitio leyendo a Russell y recordando un libro de Peter Weiss “publicado por la editorial Hiru de Eva Forest” (le agradezco mucho que haga propaganda de mi editorial y rinda homenaje a mi editora). A continuación y a partir de la muy recomendable lectura del jurista italiano Danilo Zolo, Arizaleta encadena una avalancha de datos que revelan la atroz violencia de los Estados contra los pueblos del mundo: de Vietnam al Sáhara, de Palestina a las torturas y encarcelamientos indiscriminados en Euskal Herria. Como Carlos Fernández Liria y yo dedicamos una buena parte de nuestro tiempo a denunciar precisamente estas cosas, lo único que puedo objetar es que la lista es demasiado corta: Arizaleta se olvida de Iraq, de los kurdos, de los chechenos, de los mapuches y de un largo etcétera. Se olvida asimismo, como instrumentos de exterminio, de Shell, Repsol, Monsanto, Bayern, Coca-Cola y un largo etcétera. Se olvida también, como causa de muerte planetaria, de las leyes contra la inmigración, de los accidentes laborales, de la violencia de género, del cambio climático y de un largo etcétera.
Lo que me inquieta es el pensamiento fundado de que esta lista de tropelías no constituye un segundo artículo dentro del primero sino que mantiene algún tipo de relación orgánica inesperada con él. Desde luego, no puede tratarse de demostrar la “imbecilidad” y carácter “panfletario” de nuestros argumentos (que, insisto, no descarto): una enumeración de crímenes estatales las ilumina tanto y de la misma forma en que lo haría una acumulación de fórmulas químicas o una guía de teléfonos. Lo inquietante –porque procede de un hombre refinado y porque otros hombres también refinados comparten su punto de vista- es el modo en que esta colección de infamias contra las que protesta Arizaleta ilumina su posición –no la nuestra- en relación con el atentado de ETA y con el conflicto de Euskal Herria. Tras la expeditiva descalificación de nuestro textito y el chaparrón de denuncias que le sigue, se vislumbra claramente este turbador ejercicio de ergotismo: en medio de las agresiones imperialistas, mientras Palestina es cercenada e Iraq degollada, con los kurdos, los chechenos y los saharauis privados de sus derechos, sometidos los vascos a una persecución policial y judicial arbitraria, a la sombra de multinacionales que asedian por hambre y enfermedad a los pueblos de la tierra, bajo una economía que desplaza poblaciones, arruina familias y corroe toda estabilidad antropológica y psicológica; en medio de toda esta atroz, ininterrumpida violencia estructural:
1. Matar a un señor que pasa por la calle es “normal”.
No seré yo –que tanto he escrito contra el terrorismo de la “normalidad”- el que diga que no. Se puede decir que es “normal”, que es explicable, que es incluso inevitable. Pero es peligroso deslizarse por este camino. ETA –y los que de un modo u otro la apoyan- siguen insistiendo en que su lucha y sus objetivos son “políticos”. ¿Lo son? Si matar a un señor que pasa por la calle es la respuesta mecánica, automática, a la violencia ambiental, a la presión atroz de los gobiernos del mundo, entonces el asesinato de Isaías Carrasco merece la misma consideración –y el mismo rango explicativo- que los tiroteos indiscriminados en las Universidades de EEUU o las matanzas en serie de los veteranos locos que vuelven de Iraq. ¿Es eso lo que quiere decir Mikel Arizaleta?
En medio de las agresiones imperialistas, mientras Palestina es cercenada e Iraq degollada, con los kurdos, los chechenos y los saharauis privados de sus derechos, sometidos los vascos a una persecución policial y judicial arbitraria, a la sombra de multinacionales que asedian por hambre y enfermedad a los pueblos de la tierra, bajo una economía que desplaza poblaciones, arruina familias y corroe toda estabilidad antropológica y psicológica; en medio de toda esta atroz, ininterrumpida violencia estructural:
2. Matar a un hombre que pasa por la calle es en todo caso una violencia “pequeña”.
Tampoco seré yo el que lo niegue. Se puede decir que, como violencia y por contraste, es incluso muy pequeña. El problema es cuando, bajo esta violencia ambiental intolerable, bajo esta presión atroz de los gobiernos del mundo, uno no lamenta que la nuestra sea demasiada violencia sino demasiado pequeña. Contra crímenes tan grandes, si ETA tuviera misiles, bombas de racimo y hasta una bombita nuclear, ETA tendría también el derecho a usarlas para alcanzar sus objetivos. ¿Es eso lo que quiere decir Mikel Arizaleta?
En medio de las agresiones imperialistas, mientras Palestina es cercenada e Iraq degollada, con los kurdos, los chechenos y los saharauis privados de sus derechos, sometidos los vascos a una persecución policial y judicial arbitraria, a la sombra de multinacionales que asedian por hambre y enfermedad a los pueblos de la tierra, bajo una economía que desplaza poblaciones, arruina familias y corroe toda estabilidad antropológica y psicológica; en medio de toda esta atroz, ininterrumpida violencia estructural:
3. Matar a un hombre que pasa por la calle es un puro acto de reciprocidad o, si se prefiere, de venganza: ellos encarcelan indiscriminadamente a nuestros militantes y nosotros matamos indiscriminadamente a los suyos.
No digo que no comprenda la venganza. Pero es también peligroso deslizarse por esta pendiente. Como es sabido, sistemas de equivalencias sólo los hay fuera del Derecho y dentro del mercado: el Derecho y la revolución sólo reconocen las proporciones. Si se trata de equivalencias, el asesinato de Isaías Carrasco puede decirse que vale lo mismo que el encarcelamiento masivo de dirigentes y militantes abertzales: a la arbitrariedad poderosa de un Estado corresponde la arbitrariedad impotente de un grupo armado. ¿Es eso lo que quiere decir Mikel Arizaleta?
Lo que llamamos política -y más una política emancipatoria- es la no acpetación de la normalidad, la inevitabilidad y las equivalencias. Confesaré que lo que me ofende en el artículo de Mikel Arizaleta, como en el de otras críticas que he recibido directa o indirectamente en los últimos días, es el desprecio por las proporciones. Tanto en “Pamphlet” como en otros textos publicados estos días en Gara y Rebelión se oye la voz severa y un poco perdonavidas del que considera que los izquierdistas que se indignan, se enrabietan y se escandalizan por el asesinato de ETA son gente blanducha, burguesa, idealista, moralizante. Como Margaret Thatcher y Aznar, nos dicen: “La guerra es así”. O como Ben Gurion, nos dicen: “Hay que dejar a un lado la moral”. De la misma manera que he escrito mucho contra el terrorismo de la “normalidad”, he escrito también mucho contra “la indignación moral”, pero lo he hecho cuando me parecía inmoral (y, por lo tanto, en defensa de la moral). Si EEUU invade Iraq en nombre de la democracia, entonces es que la democracia es mala; si Israel nombra la justicia mientras arroja bombas sobre Gaza, entonces la justicia es criminal; si Aznar condena a ETA en nombre de la moral, entonces la moral es un obstáculo hipócrita. Por esta pendiente, acabamos llamando política precisamente a lo que queda cuando hemos restado la democracia, la justicia y la moral; es decir, cuando hemos renunciado a toda forma de política. Eso es lo que hacen precisamente los imperialistas y sus gobiernos. Eso es lo que llamamos realismo. En el texto de Mikel Arizaleta y en otros semejantes detecto, sí, un olímpico, bravucón, musculado realismo que, como todos los realismos, se limita a reproducir la realidad sin añadirle nada real, ni siquiera una pizca de conocimiento. Así funciona el realismo, en literatura y en política. No hay ninguna diferencia entre un comunicado del gobierno y uno de ETA: los dos son tan realistas, los dos están tan atrapados en la realidad que se han vuelto locos. Realismo y negociación son, en todo caso, términos antagónicos e incompatibles. Acepto que Arizaleta repute “imbéciles” nuestros argumentos; culto y refinado como es, entiendo que con ello evoca sólo la etimología latina del término: “débiles en grado extremo” (y abusando un poco, por homofonia, “sin bastón”, “insostenibles”). Pero me permitirá a cambio que le diga que los suyos son “idiotas”, esta vez en su sentido griego original; es decir, “privados”, “sin mundo”, completamente despojados de “realidad pública”.
En ETA también vota decíamos que íbamos a abstenernos frente a este doble realismo. El asesinato de Isaías Carrasco sirvió, entre otras cosas, para que todas las fuerzas políticas del Estado apremiaran a los ciudadanos a acudir a las urnas para dejar clara bajo el sol la “normalidad democrática” de España. Nosotros no nos tragamos eso. ¿Normalidad democrática? Eso es precisamente lo que sostenemos que no hay y por lo que hicimos ese llamado -angustiado y vacilante- a la abstención. No puede haber normalidad democrática y tortura. No puede haber normalidad democrática y tres partidos ilegalizados o suspendidos. No puede haber normalidad democrática y activistas no-violentos encarcelados. No puede haber normalidad democrática y negación del principio de autodeterminación. No puede haber normalidad democrática y periódicos y medios de comunicación cerrados. No puede haber, en fin, normalidad democrática y "doctrina Garzón"; es decir, aceptación rutinaria del "principio de analogía" como criterio de actuación penal potencialmente extensible, apenas se vuelva un poco más de izquierdas, si se volviera un poco más de izquierdas, a la propia IU y a sus votantes (cosa que éstos no acaban de comprender). Pero contra esta “normalidad democrática”, a mí me interesan, precisamente, la democracia, la justicia y la moral. Si hay que seguir luchando por esto, no podemos invocar el realismo de una “guerra de equivalentes”: si hay que seguir luchando por esto, no podemos ver nada bueno, nada justificable, nada revolucionario, nada ni siquiera útil, nada ni siquiera vasco, en matar a un señor que pasa por la calle. ETA no es ya una organización armada; es una organización “democrática” -inmoral e injusta- dedicada a armar a sus presuntos enemigos y a desarmar a sus presuntos aliados. Yo reivindico mi derecho anti-realista, como defensor izquierdista del principio de autodeterminación de los pueblos, a sentirme asqueado frente al moralismo inmoral de los torturadores del Estado y frente a la inmoralidad impolítica de ETA.Y aunque unos y otros se resistan a aceptarlo, hay que decir que en Euskal Herria muchas de las abstenciones han sido de las nuestras.
Panadero asesinado por un policia