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Thursday 18 de August 2005, a las 0:05h.
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La paliza mortal

Por anónimo
ebuscar argumentos para negar o debilitar la relación entre el efecto y la causa de la muerte de alguien que ha recibido una paliza de muerte por parte de varias personas armadas, es por sí mismo una vileza.

Lo mismo da que la víctima estuviera drogada, que llegara al cuartelillo mermada por medicamentos o que no tuviera muy sano el corazón. Si algo de eso concurrió, sería aún peor...

Siete, nueve, cuatro, es igual... Agentes armados y en su propia casa-cuartel, mataron a una persona que acudía allí voluntariamente a lo que fuese. Este es el marco de un avatar más de los muchos que ocurren a toda hora en el mundo y en la vida. Un marco en el que las policías, fieles representantes de una parte del Tercer Mundo en el Primero, descargan sobre otros lo más horrendo de la condición humana y de la suya.

Los que disfrutan de los privilegios y prebendas cosidos al Poder, además de eso disponen de toda la consideración del Poder que ellos niegan en general a todo aquél que no forma parte de alguna manera del Poder. Y cuando hablo de “el Poder”, me refiero naturalmente al poder eclesiástico, al poder financiero, al poder mediático, al poder económico, al poder político y al poder armado.

Por otra parte, el Código Penal está automáticamente a su virtual servicio. El Código les arropa y les mima en la medida que carga sin mucho miramiento contra la ciudadanía del montón. Son tratados, exculpados o disculpados y a veces hasta enaltecidos por una dignidad que ni tienen ni merecen. Y todo esto sucede, dentro de un sistema singular. Un sistema pensado para mantener la fuerza del fuerte, para reforzarla frente a la debilidad del débil que, en estas condiciones de inferioridad frente a ellos, cada día se debilita un poco más. Un sistema punitivo elaborado, interpretado y aplicado por las clases sociales dominantes. Un sistema que, inmisericorde, arremete contra el pobre, contra el marginal y contra el ciudadano común al menor descuido, a costa de privilegiar aún más a quienes ya tienen honores, situación y riqueza sin cuento e inmerecidos... Inmerecidos, porque una cualidad humana, por excelente que sea: hablemos de inteligencia, de laboriosidad, de fuerza bruta o de listeza, no da para tanto...

Bastante ventaja tienen, pues, los que se permiten tan a menudo dar rienda suelta a ese lado oscurísimo que hay en todo ser humano y que aflora en él en cuanto se sabe a salvo de graves penas solapado por sus colegas y por sus jefes. Bastante ventaja tienen, digo, como para que después las instituciones, los abogados, los fiscales y los jueces se afanen febrilmente en ver cómo pueden ayudarles más para que salgan airosos e incluso encumbrados después de cometer un homicidio. Gentes que precisamente por pertenecer al Poder deberían ser juzgados por sus errores y por sus culpas con mucha mayor severidad que si fueran administrados corrientes, salen ordinariamente del trance sacando pecho y exhibiendo obscenamente a la postre su inmunidad.

Veamos un ejemplo de relaciones casquivanas del Poder con su brazo principal, el poder armado:

La fiscalía del territorio considera que hubo un "presunto delito de lesiones", para el que el art. 148.1 del Código Penal tiene tipificada una pena máxima de cinco años de prisión. Pena que, para más señas, no se cumple. Un delito de lesiones... para quienes causaron entre varios una muerte violenta. Es decir, la fiscalía solicita ahora una pena semitestimonial en comparación con el daño causado. Así, lo que hace la fiscalía es potenciar, primar, los atributos de los agentes frente al ciudadano que si no se somete y no se arrastra ante ellos inmediatamente, corre el riesgo que debió querer correr valientemente y por propia estima el desgraciado agricultor destripado...

Nueve agentes han matado a una persona por nada. Abogado, fiscal y juez debieran jugársela y anteponer su deber moral, su ética y su humanismo a toda otra triquiñuela leguleya, institucional y profesional. Haría eso a toda la sociedad mucho bien. Y ello, aunque sólo fuera para evitar que mesnadas de ciudadanos se vayan sumando día tras día a maldecir a esta sospechosa, repulsiva y falsa democracia en la que sólo se siente a sus anchas el bellaco que la usa en su exclusivo beneficio, para envilecerla y para hacerla cada día más irrespirable.

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