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Monday 05 de September 2005, a las 21:01h.
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Aislamiento y soledad

Por anónimo
e me ocurre escribir sobre la soledad y el aislamiento en tiempos en que es un lugar común decir que nunca la gente se comunicó tanto, y nunca, en términos generales, se sintió tan sola...

Comunicación (e incomunicación), compañía y soledad, expresiones del modo en que el humano, en su sentimiento pendular entre la individuación y su ser para la sociedad, se pasa la vida luchando íntima, secreta e instintivamente en uno o en otro sentido: pugnando para liberarse de la tiranía que ejerce sobre él la sociedad o para integrarse en ella, vivir o sobrevivir y en última instancia libar las mieles que la sociedad le reporta u obtener la protección que le dispensa. No sólo el ser humano aislado, sino también las propias sociedades “avanzadas” están perdidos ante situaciones que en otro tiempo sabían prever y superaban con más facilidad. No hay más que ver qué frágil es una porción de tierra hoy día, en el seno de la macrosociedad a que pertenece, conquistadora de lunas y de estrellas, ante un huracán como el Katrina o ante la carencia más o menos coyuntural de energía. El talentoso político, científico, periodista... del siglo XXI, incapaz de abrocharse los zapatos por sí mismo...

Uno de los centros neurálgicos de la comunicación o incomunicación, física, humana, empieza en la propia campana de vidrio que es la Internet: un sitio u-tópico donde, sin contacto material, nos comunicamos con el mundo entero pero nos incomunicamos del mundo más inmediato y cercano. Pero resulta, y eso se advierte en esta relación, que la comunicación placentera con los otros no tiene mucho que ver con el contacto físico. Un individuo puede estar solo en el sentido físico durante años y, sin embargo, estar relacionado con ideas y valores que le dotan de un sentimiento de comunión. Y puede vivir entre mucha gente, y dejarse en cambio vencer por un sentimiento de aislamiento total que desembocará en esquizofrenia.

Nada teme tanto el hombre como el aislamiento forzoso y la soledad moral. Ese no saber a quien dirigirse, en quien descargar nuestro desasosiego, lo que nos preocupa, lo que nos solivianta, lo que tememos, lo que no esperamos o nos desespera..., si es prolongado, puede ocasionar una sensación de angustia extrema. La confesión, como rito religioso del cristianismo, fue un desahogo, un drenaje psicológico de gran importancia. Implicaba, por encima de todo, comunicación directa, cuando no era tan necesaria como lo es hoy. Y hubiera podido perdurar, de no haber sido porque el propio cristianismo hizo al individuo demasiado dramático el vivir y abusó, tanto de la confesión como del espíritu de aquél.

Los hombres no pueden vivir, o viven defectuosamente, si carecen de formas de mutua cooperación. Pero la cooperación no se cifra sólo en lo material, sino principalmente en la sinergia para escapar al aislamiento, al menos en las sociedades en que prácticamente todo el mundo come. (Pues en realidad, el deseo omnicomprensivo de riqueza material es una necesidad peculiar sólo de ciertas culturas, y diferentes condiciones económicas pueden crear rasgos de personalidad que aborrecen la riqueza material o les es indiferente. Es decir, bastaría que no se alimentase de manera patológica el fuego del deseo en la sociedad económica, para que poco a poco se fuese dando en ella más valor a las delicias del espíritu, al amor anímico y al afecto puro por sí mismo. De ellos nace la cooperación. El deseo de lo material y especialmente de lo superfluo, está potenciado por la vida artificial y no es "necesariamente" inevitable. Hay placeres naturales y necesarios, placeres naturales pero no necesarios, y placeres que no son ni naturales ni necesarios -Epicuro. Pues bien, la inmensa mayoría de los placeres que nos procura la sociedad opulenta pertenecen a estos últimos, pero los saboreamos, a costa de los primeros. Apenas la vista, el olfato y el paladar son instrumentos de placer, estragados por atrofia)

Es tan penoso el aislamiento, que si es prolongado puede conducir a la desintegración mental. No obstante es un asunto que admite distinta graduación y efectos en cada persona. Pues si el aislamiento para unos puede ser causa de su muerte moral, para otros puede serlo el hacinamiento, y para otros, en fin, constituir incluso regocijo. A este propósito viene bien recordar la parábola del puercospín, de Schopenhauer. El puercospín, un animal dotado de largas púas en su piel. Los puercospines de una colonia han de encontrar entre ellos la situación adecuada, porque si están distanciados pasan frío y si están demasiado cerca se clavarán sus púas. Explica así la tensión permanente en que vive el individuo humano en “su” sociedad animal, para mantenerse a la debida distancia oscilando entre el estar solo y el estar acompañado...

El aislamiento forzoso existe no sólo cuando es voluntario o viene determinado por una condena del Estado, sino también cuando hay rechazo del medio humano en que se desenvuelve habitualmente el individuo. El destierro, la proscripción, el ostracismo y el confinamiento responden sobre todo a figuras punitivas que aislan al individuo de su medio habitual de vida. El destierro, la proscripción y el ostracismo consisten en la expulsión de una persona de su patria, especialmente por motivos políticos. La persona puede estar en cualquier parte excepto en el lugar, la localidad o el país en que moraba.

En la antigua Grecia, era destierro político al que se condenaba a algunos ciudadanos; también, exclusión voluntaria o forzosa de los cargos políticos. El emperador romano Tiberio se entregó al ostracismo en la isla de Capri.

El confinamiento es lo contrario: el individuo no puede salir del lugar donde vive o de un lugar determinado al efecto. Su pueblo, distrito o localidad se convierten así en su celda. Pero puede ser todo un territorio que actúe como gran presidio. Unamuno sufrió el confinamiento en las islas Canarias. La isla de Elba fue el de Napoleón.

Ejemplo de aislamiento voluntario es el del eremita o ermitaño, una persona solitaria que rechaza la compañía de los demás. Si vive en lugar solitario, entregado a la contemplación o a la oración y a la penitencia se le llama anacoreta, vive con Dios y con el mundo de los espíritus. No vive solo en sentido psicológico o mental...

Sea la comunicación directa y física, sea moral a través de la ficción de comunicarse con otro ser situado en el éter o en la imaginación, el primer pensamiento del hombre es tener un compañero en su desgracia, pero tambien en su alegría. “Todo el mundo me exaspera, pero me gusta reír y no puedo reír solo”, solía decir Cioran... Así es que, distribuída por todos esos modos de denominarla, la solitariedad está presente en la desconexión o incomunicación, voluntaria o forzosa, del individuo de la sociedad. Y por sí misma es positiva si es libremente elegida, como negativa si es impuesta por las leyes del Estado o por el vacío que la sociedad pueda ejercer sobre el individuo.

A este propósito en el El oso cavenario un personaje es condenado a ser absolutamente ignorado, a no ser nunca respondido ni ser hablado. Su locura estaba así decidida por la comunidad. En todos los casos, cuando se desea infligir un castigo o una represalia a otro, no hay daño moral más efectivo que negarle la comunicabilidad habitual o responderle por norma con silencio.

En todas estas situaciones vitales la soledad, carencia de compañía, es la sensación o sentimiento que están allá, al fondo, de esta especie de drama o de contento que el individuo sufre o disfruta, según la circunstancia en la que interviene o no la voluntad personal. La soledad atiende sobre todo al aspecto psicológico y moral. No se sabe qué es peor, si la soledad existente en el aislamiento forzoso de cualquier clase, o la soledad de dos o más en compañía: esa incomunicación principalmente entre dos personas que cohabitan juntas físicamente pero entre las que no existe comunicación alguna; no ya física, ni siquiera mental. Tener ante sí a otro, sin poder o no querer comunicarse con él al que no se ama ni se aprecia, por razones generalmente materiales, puede ser un auténtico suplicio.

El dicho popular “es preferible vivir solo que mal acompañado” es tan sabio como todo lo popular, pero raras veces puede elegirse la compañía en el mundo del trabajo, por ejemplo. Y precisamente en este aspecto y con frecuencia, lo más penoso de un quehacer remunerado y dependiente no es el quehacer en sí, sino la compañía y de paso el hostigamiento de empresarios, jefes y compañeros de trabajo. Por eso cuando tanto se habla de libertad en la sociedad capitalista, hay que dejarse de de una vez de ficciones: sólo disfrutan de libertad quienes son autosuficientes y pueden elegir su compañía...

Sólo añadir, que con los años y el desgaste nervioso natural la tolerancia hacia los rasgos de carácter ajeno incompatibles con los nuestros es cada vez menor, y el aislamiento semivoluntario es un hecho. Raras personas a edades avanzadas conservan las amistades que le acompañaron parte de su vida y la cercanía de los suyos por ese motivo. Y hoy día, casi es ley. El Eclesiastés,

Acción Solidaria | Venezuela: La Guerra de todo el Pueblo (VI)  >

 

 
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Umbral:
En defensa de la soledad (Puntuación:0)
por anónimo el Monday 12 de September 2005, a las 13:42h. CET (#1)
Sí, pocas personas conservan sus amistades de toda la vida; en esto coincido con la crítica, pues son los distintos campos de concentración en los que nos mete la sociedad capitalista los que rompen el contacto hasta tal punto que una reunión ajena a las lógicas de estos lugares de encierro es como dice Hakim Bey ya de por sí un acto revolucionario.

Sin embargo, disiento respecto a la consideración negativa de la soledad, y la creo necesaria para la evolución social. Cuando se da un aislamiento relativamente intenso y prolongado (aunque evidentemente no hablo de confinamientos), el individuo tiende a desviarse hacia el borde de su propia cultura; esto es, empieza a percibir los rituales sociales en que habitualmente participa como carentes de sentido, incluso puede extender esto a la propia moral como se advierte -me temo que como si fuera negativo- en el propio artículo.

Evidentemente las consecuencias de esto pueden ser "negativas"; una casi inevitable reacción depresiva en particular si los rituales en los que antes se participaba alegremente son revelados como carentes de sentido e incluso forzados,... pero, ¿no es el trabajo alienado uno de ellos?. Un decondicionamiento respecto a la dimensión moral aceptada socialmente, ¿pero es acaso mejor aceptar sin cuestionar una moral que cuestionarla por uno mismo y deducir consecuencias?

Es decir, que si bien un cierto nivel de sufrimiento está inevitablemente unido al aislamiento, no me parece que eso lo haga "malo"; las culturas euroasiáticas tenemos tal obsesión por el dolor que incluso basamos nuestras religiones más exitosas en ello. La Pasión de Cristo. El fin del dolor iluminándonos como budas. La preocupación y magnificación del dolor, componente necesario de la vida, está demasiado metido en nuestra cultura,...

...y sin duda la salida del consenso social cuando las cosas están como están es dolorosa cuando hay que regresar "fingiendo", la autoridad se siente mucho más cristalina, pero de nuevo, ¿es eso necesariamente malo?
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